Creo que veintitrés años son bastantes para que dejen de tomarme(nos) la calva (antes el pelo)


Cuando mi padre vio mi primera nómina, cobrada en la fenecida CAJAMADRID y en una sucursal que ya no existe, no daba crédito a la escasez. Pasados veintitrés años y, setenta y tres reformas legales la escasez ha dado paso a la vergüenza, una jubilación a los setenta años, no sé cuantos días de asuntos propios, múltiples funciones que puede hacer cualquiera y cuando cualquiera es cualquiera y, una promoción profesional que se relaciona directamente con los grados de la genuflexión, por lo que creo que es hora de decir basta y en esa línea me sumo al escrito que me ha remitido una compañera de Cataluña y que cuelgo bajo este párrafo.

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