Celebrando 10 años de antibióticos y de 29º grados al sol.


Recibí ayer una invitación para celebrar el décimo aniversario de la Ciudad de Justicia de Valencia, que supongo multitudinaria, porque se hizo por correo electrónico, no es nominativa y además dudo que mi asistencia le interese a alguien; asociabilidad que, por cierto, me reprocha más de un compañero y parientes próximos y que no niego. Pero de ahí a celebrar algo va un trecho largo, muy largo. 

Para empezar se lo pueden contar a los tres cactus que han fallecido en mi despacho o, a los dos que lleva la Juez en el suyo ya que la orientación al sol de doscientos cincuenta metros del edificio que se celebra, supone un calorcillo que ya se ha tratado en este BLOG en otros comentarios y pese a que no volveré sobre el asunto, recordaré que quienes trabajan en los doscientos cincuenta metros que siempre están en sombra tienen estufas y calentadores en despachos y juzgados. Todo propio de un edificio inteligente, que fue lo vendido, lo comprado y lo que se celebra. 

El calorcillo y el fresquillo que proporciona tan inteligente edificio le supone a quien redacta estas líneas que lleve años sin comprar ropa del llamado entretiempo (del invierno, ni escribo) y unos constipados anuales que ya solo curan los antibióticos; eso sí, en dos tandas: tres pastillas que no sirven de nada y cuando aparece la fiebre, una segunda tanda de otras catorce o de veinte, según sea el año. De hecho, cuando aparece la primera tos de la temporada en la unidad judicial (cursilada donde las haya) nos ponemos a temblar y no solo porque sabemos que tarde o temprano caeremos todos, sino porque no podemos decir nada sobre el aire frio que nos sueltan en la cabeza a partir de las doce del mediodía. Una interesante manera de curarnos el enfriamiento y eso que no reparten alcohol, que creo incompatible con el antibiótico, si bien no daré más pistas por si las moscas. 

Ni que decir tiene que diez años dan para mucho BOE y para que se inaugure mucha unidad judicial para servir a mucho operador jurídico (segunda cursilada a mayor gloria de no sé quien) y a mucho ciudadano, con lo que el estupendo sistema de archivo (también tratado en el BLOG) de subida y bajada de expedientes en el día y eso fue lo que se nos dijo, se rige por los principios propios de una plantación de algodón del Sur de los Estados Unidos antes de la mecanización de los años 50 del siglo pasado. Así que cada dos o tres meses los pasillos de emergencia y las Salas de vistas se llenan de archivadores de cartón y fíjense, pese a las toneladas de papel que van, vienen y están, no aparece ningún bicho por ningún sitio lo que es síntoma evidente de la salubridad de los filtros de las máquinas de aire (sí es que existen) o, de los rayos uva, zeta o gamma que atraviesan los cristales. Evidentemente en esos diez años de celebrando que es participio, no ha habido tiempo para implantar un mal código de barras, como el que tienen los yogures así que se identifican los archivadores con rotulador, tecnología avanzada donde las haya. 

Y eso es porque seguimos con papel, cartón y grapa o fastener, tirando de fax y echando un vistazo al correo electrónico de vez en cuando y en este punto me da treinta y tres la responsabilidad del mando en plaza, porque aquí hemos puesto todos de nuestra parte para seguir anclados en los tiempos de Felipe II. Y cuando escribo todos, quiero decir todos: los de este lado del mostrador y los operadores jurídicos del otro lado y de ahí no paso, porque este comentario es para celebrar un aniversario y no es cuestión convertirlo en una comida familiar.

Así que en el décimo aniversario y después de evitar las losetas sueltas de las escaleras (defecto que se subsanó hace un par de años) y de rezar para que no nos pase nada, porque no hemos hecho ni un simulacro de evacuación saltando archivadores y abriendo puertas de dudosas cerraduras, no sé si era tan costoso poner algún toldillo que mientras tanto nos protegiera del solecillo del Mediterráneo.

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