De mayor, quiero una UPAD.


Después de un curso en el CEJ en Madrid de día y medio de duración sobre ejecución civil, que me ha permitido reconfirmar el mucho talento escondido en el Cuerpo de Secretarios Judiciales haciendo la estadística a palotes o, perdiendo el tiempo interpretando leyes hechas con partes del cuerpo propias de otras especies del Reino Animal y que no voy a citar, el aterrizaje en el Juzgado fue el habitual, porque a falta de torre de control, de coordinadores de pista y con la tutela judicial efectiva cerrando hangares con toneladas de papel, lo raro es que algo funcione como debe. 

Así que con la mesa ocupada por peticiones absurdas y previa encuadernación, por amontonamiento, de las sentencias, los autos y los decretos del trimestre en una caja de folios vacía, que remato con cinta de carrocero y una indicación en la tapa superior del año, trimestre y contenido, los años que uno va teniendo y la evidente falta de agilidad que se proyecta en una rehabilitación de rodilla que no acaba nunca, llevan a concluir en la imperiosa necesidad de buscarme un destino que responda a mis conocimientos, a mi escasa flexibilidad de espalda y a una imposibilidad facial de besar lo que no quiero; flexibilidad y besuqueo sin escrúpulos que, por si lo ignoran, le da mucho brillo y esplendor al currículo y tienen mucho que ver con los requisitos que se publican en el BOE para acceder a determinados puestos de trabajo (no hablemos ya de las designaciones directas). 

No confunda los términos, querido lector, que escribo en primera persona y no quiero hacerme más amigos. La genuflexión de rodilla y de espalda y el besuqueo es cuestión de gustos (o de féminas, digámoslo) y para estos colores y, con tan filosófico razonamiento concluyo que si la cosa ha ido para atrás los primeros veinte años nada hace presumir que avance algo los próximos veinte y, bajo dicha presunción creo que ya he tenido bastantes reformas de la justicias, expedientes digitales y aplicaciones informáticas que no funcionan y no quiero más

En suma los años de servicio, las cervezas mal tiradas, el sueldo de vergüenza que me pagan y con el que satisfago mis gastos y los de la famosa casta (ojo, que aquí incluyo a los de Podemos, que van de estupendos por la vida, mientras en la Complutense de Madrid han cerrado la Editorial con ocho a la calle y un intento de indemnización muy proletario de 20 días por año) y que siempre viví mejor con los Jueces, aconsejan que en cumplimiento de la Orden JUS/76/2014, de 28 de enero, por la que se modifica la Orden JUS/3244/2005, de 18 de octubre, de mayor – que ya lo soy- me quede en la famosa UPAD o sea la Unidad Procesal de Apoyo Directo o, conocida también en zona NOJ (Nueva Oficina Judicial) como el SPA, aunque falte el agua. 

Esto tampoco significa que desconfíe de las futuras reformas de las justicias, los próximos expedientes digitales y las aplicaciones informáticas que no funcionaran, sino que la amenaza de quedarme sin carpetillas para demandas, si prefería encuadernar sentencias, autos y decretos en libros que nadie consulta (no lo cuenten, pero los tenemos grabados en el sistema informático) fue un golpe del que no he podido recuperarme y sí a eso le sumamos que no tengo ni medio punto por el idioma del territorio (ni ganas), cumplo todos los requisitos legales, paralegales y mediopensionistas para atender a tres magistrados, si es que no tienen a bien modificar la estructura para cuando llegue a Valencia la NOJ (Nueva Oficina Judicial).

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