7 trienios con viento de poniente.


No sé si saben que en Valencia en verano hace calor y más cuando sopla el viento de poniente, que es el resultado de una especie de secador de pelo gigantesco que funciona, según las rachas, de uno a tres días. Que recuerden los ancestros del lugar en Valencia, desde que fue ciudad romana y luego Reino, siempre ha hecho calor en verano, como en Teruel hace frio en invierno y en Madrid llueve hacia abajo, mezclando un calor tórrido en julio con un frio de bajo cero en diciembre. Pues siendo esto así, tócate los cojones Manolito y perdonen la expresión, porque resulta que parte del profesorado de la ciudad lleva dos semanas quejándose del calor y transmitiendo el lloro a los alumnos para que lleguen a casa quejosos del tiempo o huelgueen ante la Consejería o ante quien corresponda, a ver si ponen un aparato de aire acondicionado en cada clase o, mejor las suspenden. 

Y ¿qué tiene que ver la queja de parte de profesorado de Valencia con mis siete trienios? Muy simple: la caída libre que el desprestigio del mérito y de la capacidad ha logrado producir en la educación y en la función pública, después de décadas de vender la moto de los derechos sin obligaciones y de que cualquiera puede llegar a cualquier mando en plaza, porque eso es la democracia. Antes era el alumno el que quería saltarse las clases, hacer el examen del lunes, el miércoles o, mejor aún que cayera un aprobado general; ahora no hace falta: podrá ocuparse de ello su profesor o profesora, que reclamará ante quien corresponda por la lluvia que cae hacia abajo, el frio que no se combate con calefacciones atómicas de protones o, el nuevo temario que, quizá exija la vuelta al latín, el trato de “usted” y vocación, porque la enseñanza requiere vocación y hoy la tienen cuatro; la de la enseñanza, claro está, la de la política y la de tengo que trabajar llevan años siendo ahora mayoría y de la absoluta. 

Así que después de siete trienios he llegado a la conclusión que en Valencia, en verano hace calor, mucho calor y que el objetivo de igualar al personal por la mediocridad, que es lo que buscaba la Administración y los Sindicatos, es un objetivo conseguido después de desorganizar todo lo desorganizable, de años de cursos de formación y de advertencias públicas en el Boletín Oficial del Estado, sobre cómo tienes que inclinarte, cuantos grados y en qué postura para promocionar profesionalmente. Y no vayan a pensar otras cosas, que solo escribo de la carrera profesional, nada más. 

No se crean. No es mal resultado para veintiún años. Otros llevan el mismo periodo de tiempo hablándonos de la reforma de la justicia, de la informatización y de los operadores jurídicos y ahí siguen y hasta es probable que sean los mismos o, tengan parentela próxima, con quienes promoverán huelgas en invierno si en Valencia llueve hacia abajo en noviembre. Y eso espero, que llueva; hace mucha falta.

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