Quiero mi sueldo, no más días de permiso.



Como suele ser habitual cada vez que celebran un éxito huérfano de esfuerzo, las organizaciones sindicales más representativas han comunicado a la parroquia, por fax y gastando toner, la concesión de un quinto día de permiso por asuntos propios y, supongo que a este paso, en un par de años celebraremos la recuperación de los nueve días de permiso que en Justicia – y solo en Justicia- fueron un salario en especie. No me ocuparé de la comunicación del éxito, que me da igual, sino del salario y de su incautación que lleva produciéndose desde el año 1993 y a mayor gloria, por lo visto, del Estado Social, de los Servicios públicos esenciales y del bla, bla, bla y bla. 

No entraré en el jueguecito ese de comparar lo público y lo privado, ni en el hecho no discutido que lo privado sostiene a lo público o que los funcionarios, por el hecho de serlo, tengamos que soportar las meteduras de pata de gobernantes y parte de gobernados (salvo que bancos, constructoras y empresas varias de comunicación tengan una condición galáctica que desconozco). 

Y ya aclaro, por si acaso, que para quien redacta estas líneas la definición de funcionario solo comprende a los de oposición libre del Estado, porque no tiene justificación eso de meternos en el mismo saco al cuñado del Alcalde, que mira tú por donde se supo todas las preguntas del dificilísimo test de la Concejalía que prefieran; a la Consejera del ramo que muy capaz, compatibilizo la vocación política con la nota máxima en una oposición convocada por su propia consejería; o a los lugareños de una calle (sí una sola calle) convertidos de la noche a la mañana en profesionales sanitarios en una convocatoria de una Comunidad Autónoma con tres o más provincias. 

No, los funcionarios seguimos siendo los del Estado y somos muy pocos, cada vez menos, porque mientras igualen a la población por la mediocridad, el rebuzno y la pancarta, siempre se necesitará una clase política que nos ilustre sobre el camino a seguir, mirándonos por encima del hombro y del ladrillo. No habrá nadie que les tosa, pero sí mucha alfombra roja. 

Así que volviendo a mí asunto, no quiero ni un día más de permiso, quiero que me paguen y que me devuelvan el sueldo que me llevan incautando desde la primera nomina allá por el año 1993 y me da igual la forma y de dónde saquen el dinero, pero si les faltan ideas pueden, verbigracia, no dar dinero para ningún curso más de formación de esos que imparten las organizaciones sindicales que tanto se alegran de la recuperación del quinto día.

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