20 diciembre 2013

Una nochebuena en una carretera de Afganistán.


El golpe fue seguido de un movimiento incontrolado del volante, el intento de frenar en seco la mole de metal y un segundo volantazo que no terminó en vuelco gracias a la pericia del conductor. 

-¡Hay que joderse García, no tenías otro sitio para estrellarte!- El teniente recriminó al conductor mientras se palpaba la frente. 
-No señor, ni había mejor sitio, ni que se demonios ha pasado-García, sin perder la calma, se quitó los arneses que le sujetaban al sillón, propios de un avión y no de un cacharro como aquel, mientras los otros dos vehículos del convoy se cruzaban en la carretera y varios soldados salían para montar un perímetro de seguridad. 
-Estupenda noche para quedarse tirados en una carretera – Sansegundo, que era el gracioso del grupo, hizo una pausa y continuó- rodeados de talibanes. Sí señor, estupenda noche. 

Pero nadie gritaba, ni mostraba nerviosismo; se hablaban por la radio o se hacían señales unos a otros siguiendo un guión que habían practicado ya en muchas ocasiones. No era la primera vez que pinchaban, volcaba algún blindado o les disparaban. 

La diferencia con otras ocasiones es que al Capitán se le había metido entre ceja y ceja llevarse a una pareja de un pueblo, meterla en la base y mandarla a España. Y el problema es que la chica tenía diecisiete años y estaba embarazada y el padre, que tenía dieciocho, no era el futuro marido elegido por la familia de ella y se había negado a colaborar con los talibanes pasando información sobre los movimientos de los españoles por la zona. Así que como era cuestión de días que los ancianos del lugar decidieran condenar a muerte a la pareja por no sabía cuántos pecados, decidió que lo mejor era llevárselos, y buscarse algunos problemas con el mando. 

-¿Cómo va la pareja?- Requirió el Capitán. 
-No muy bien, Señor, hay síntomas de parto- El auxiliar médico medía como podía las contracciones, si es que aquellos ligeros movimientos eran contracciones, porque en esas condiciones y tirando de reloj casio como instrumental médico avanzado era un milagro sacar alguna conclusión. 
-¿Llegamos a la base?- Volvió a preguntar el Capitán.
-No lo creo o, quizá o, vaya usted a saber……- Peréz Castell, que seguía mirado el reloj, preguntó dónde estaba la Sargento Alcubilla. Aquella mujer imponía respeto y a falta de técnica y conocimientos, salvo el habitual “empuja y respira” de las películas, no vendría mal que ninguno perdiera los nervios en el reducido espacio que tenían y al fin y al cabo una mujer sabría algo más sobre el parto. 

El Capitán y el Teniente cruzaron algunas palabras y decidieron sacar los vehículos de la carretera, colocarlos en una suerte de triangulo mal hecho que les permitirá defenderse y esperar a ver qué pasaba con la chica. La comunicación de su situación y posición provocó la primera reprimenda, porque nadie entendía muy bien en el centro de operaciones qué problemas tenía el pinchazo en cuestión. Además- meditó el Teniente- estaba prohibido morirse en combate. Nadie moría en combate en Afganistán defendiendo la paz. Lo decía el manual. 

Cuando la Sargento Alcubilla entró en el vehículo no pudo evitar sonreir cuando vio a Peréz Castell; sudaba y presentaba un peculiar color blanco amarillento. Este soltó la mano de la chica y se intentó levantar: 

 -Señora, toda suya- 
 -¿Y dónde se cree que va?- Peréz Castell volvió a sentarse y esperó. -Esta chica va a dar a luz y hay que sacarla de aquí- Alcubilla, que hablaba por radio para que la pudiera escuchar todo el mundo, repitió el mensaje y pidió que se montara una de las tiendas de campaña entre los tres vehículos. Hacía frio, mucho frio. 

A lo lejos se escuchaban motos y algunas voces y salvo la Sargento, que tenía permiso para hablar cuando quisiera, el Capitán había ordenado silencio por radio. No quería sorpresas y el ruido de motos no le gustaba nada porque los talibanes, quien quiera que fuesen, no se movían de noche sino tenían una buena razón y aquellos tres vehículos y veinte soldados españoles lo eran. 

Y el día 24 de diciembre de 2011 una chica de diecisiete años dio a luz en una carretera de Afganistán rodeada de soldados españoles, mientras en el cielo cruzaba un punto de luz, que dejaba una estela parecida al de una estrella. 

Y con esta historia, que nadie sabe cómo acaba y que quizá haya inventado, felicito la Navidad a Soldados, Marinos, Aviadores, Guardias Civiles y Policías Nacionales, porque después de algunos años (o de muchos) pienso que hay trabajos que nunca estarán pagados y vocaciones que no “están de moda”, aunque sean imprescindibles y nos hagan la vida más segura y, a mí, si les digo la verdad, lo de abre y cierra la muralla, la paz mundial y desearle parabienes a más de uno, siempre me pareció una gilipollez y una mentira.

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