14 noviembre 2013

La Ciudad de la Justicia de Valencia y la hormiga Magdalena.


¿Qué gastan las Comunidades Autónomas en Justicia?. Buena pregunta si tuviera respuesta. Valencia – a la que han copiado Cataluña y Andalucía- hace ciudades judiciales que cuestan una pasta y que pueden quedarse pequeñas bajo el principio del amontonamiento de juzgados vía BOE. Y el caso es que, a falta de mejor idea, nos hemos dedicado a poner ladrillos – y no discuto su necesidad-, pero con esa I+D+I del adobe, las garantías de una mejora son inexistentes. 

Creo que la Ciudad de la Justicia de Valencia fue la primera, aunque no sea una ciudad y esté en Valencia de milagro, porque unos metros más allá y los juicios los hubiéramos hecho en la Albufera y en bañador togado. La idea, o la monoidea reformista caló y con las arcas autonómicas llenas, la tentación de una fotografía gigantesca delante de cada edificio terminado fue irresistible; corolario, dicho sea, de muchas otras fotografías más pequeñas, con las obras en progresión y con cascos blancos o amarillos sobre cabezas cuyo interés por la administración de justicia siempre he ignorado. De hecho los días que tengo el despacho a 36º hasta dudo que hubiera algo bajo el casco que no fuera pelo (quien lo tuviera). Y si dudan de la temperatura muy gustosamente les dejo una invitación para el mes de junio del año 2014. 

A Valencia, siguió Castellón, Barcelona y Málaga y hasta ahí hemos llegado (creo), porque mientras algunos seguían haciéndose fotografías, otros pintaban “unidades judiciales” en el Boletín Oficial del Estado y, a tal ritmo que las ciudades de las justicias iban a necesitar, en dos telediarios de la Primera, a los empujadores del metro de Tokio para meternos a todos en los edificios. Dicho de otra forma: las ciudades podían quedarse pequeñas a corto plazo. Aclaro, que “Unidades judiciales” pese a que se traducen en lenguaje del vulgo como Juzgados y Secciones de Audiencias Provinciales, no son dos simples palabras y responden a la tontería imperante de inventarse una realidad a través del idioma (si tienen algún nacionalista en el vecindario pregúntele, son especialistas en la materia); gemelo en su nacimiento y destino, es lo de “operador jurídico”, otra cursilada incalificable cuyo último significado ignoro, porque yo no opero a nadie y menos “jurídicamente”. 

Pero a lo que iba. Hecha la Ciudad Judicial o sea el edificio, hay que procurar que el personal que allí trabaja y la clientela que lo visita, no se muera en su puesto de trabajo o, en el mostrador o Sala de vistas y, más cuando no hay servicio de guardia de la contrata de la limpieza. Si se molestan en situar el edificio de Valencia en el google (cuidado con las imágenes retocadas), observarán que el lado Este corre paralelo al mar y al sol y, el sol se encuentra a gusto cuando le invitan a calentar una fachada de cristal de cuatro plantas desde las ocho de la mañana. 

Hay un salón de actos que es una pasada de guay y en el que se está de un fresquito de la leche, tanto que obliga a ponerse la chaqueta para no agarrar un jamacuco y comenzar a expulsar mocos por la boca, la nariz y las orejas. Pero si dejamos la planta baja y vamos subiendo pisos, lado derecho del edificio, notamos un cierto calorcito que no se debe a un calentón mañanero, la veloz subida de tres pisos – poniendo los ojos en el suelo ya que hay losetas sueltas y traidoras y poco superglue tres– o una ropa interior de tres capas, sino al sol. Si, al sol, porque en el Mediterráneo sale mucho el sol y además, calienta de narices a partir de las nueve de la mañana. Creo que por eso el ser humano inventó primero, los ventiladores, luego, el aire acondicionado y por último, las enfriadoras. 

En las plantas tercera y cuarta del edificio, en el lado que está cara al sol y no va con segundas, ni contra la ley de la desmemoria histórica, el calorcito se nota en el mostrador pero no desagrada, a mitad de Juzgado hacia el ventanal cristalero vale más ir de algodón colonial sin mosquitera, si se quiere pasar una mañana sin excesivos sudores sobaqueros; pero a partir de ahí entramos en una especie botella en la que nos volvemos hormiguitas sometidos a la lupa de algún niño malévolo. Y el caso es que el jodido niño lleva ocho años con la lupa, porque la enfriadora o lo que demonios hayan instalado en el techo no funciona y, lleva sin hacerlo desde que nos mudaron del centro de Valencia (iba a poner un latinajo, pero como está prohibido lo pongo en español hasta que lo prohíban: ¡qué tiempos pasados!) a descubrir el sol del Mediterráneo. 

No se lo he contado todo. Como la cosa iba de modernos y había dinero, todo fueron cristales en las fachadas y no hace falta saber óptica para conocer el resultado de meter un rayito de sol por una lupita para cascarle a una hormiguita. Y claro, como el climatizador tiene que ponerse al máximo para enfriar algo la citada parte Este, los habitantes y clientes de la Oeste – siempre en sombra– se hielan, con lo que es curioso observar camisas con manchas de sudor, que se cruzan en los pasillos con chaquetas, pañuelos de cuello y resfriados andantes en junio y julio. 

Nueve años después estoy convencido que esto es un experimento de algún modista famoso. Los que están en el lado oscuro del rectángulo no pueden ponerse ropas de verano porque en invierno se hielan y en verano, también y, los que estamos en el lateral iluminado no podemos soltar el ropaje veraniego, porque en invierno nos asamos y en verano, no les cuento. Y no les cuento, porque en el Juzgado dos salidas de aire no funcionan (nunca lo hicieron) y las otras cuatro expulsan tan caudal de refrigerio que solo satisfacen a la hormiga Magdalena, que anda por el techo la mar de rumbosa. Es frecuente ver paraguas abiertos colgados del techo para distribuir solidariamente el fresquito. 

En la visita guiada que hicimos en el año 2003 ya se advirtió cierto calorcillo y se indicó a los gestores de la cosa, que con una cristalera haciendo funciones de fachada, deberían colocarnos cortinas (no las había) y asegurarse que el aire acondicionado – o lo que fuera que nos echaran encima– funcionara bien, porque en otro caso los cristalitos harían funciones de lupa y no de fachada, con el resultado por todos conocido. Recuerdo el enojo de uno de los gestores de la cosa –que, por cierto, hoy reclama la independencia judicial en una plataforma– cuando comenté que las salidas del aire quedaban muy lejos de la fachada y con esa mirada de señor feudal que algunos practican antes de salir de casa, no solo se reprochó el comentario, sino la duda. 

La culpa es ahora de los Bomberos, que obligaron a dejar un pasillo de emergencia en el interior de cada piso, con lo que desubicaron los sopladores de frio del climatizador, que acabaron colocados sobre las cabezas de algunos funcionarios. Pasillos de emergencia que ahora están llenos de archivadores y papeles de variada suerte y condición y, cuya utilidad también ignoro porque en ocho años no se ha hecho ningún simulacro de nada así que el día que pase algo nos vamos a echar unas risas con San Pedro. 

Por cierto. En los años 2002 y 2003, gestores de la cosa se dedicaron a enseñarnos, casco blanco en mano, lo bien que íbamos a estar en ese edificio inteligente, donde no habría papel en los juzgados, habría sitio para moverse, los profesionales no se dejarían caer sobre las mesas y tendríamos calefacción en invierno y aire acondicionado en verano. Los expedientes subirían y bajarían en el día de un ultramoderno archivo de gestión y todos cantaríamos alegres y divertidos. Bueno, lo de cantar con alegría y divertimento no lo dijeron. Alguno gritó cuando se quedó encerrado en algunos de los ascensores interiores, pero lo de la llamada de teléfono por Decreto arregló ese problema: el ascensor funciona cuando pagan el mantenimiento, pero por lo menos ya nadie se queda encerrado.

¿Qué el empleo del ladrillo ha mejorado la Administración de Justicia?. Sí claro y la creación de trescientas dos mil “unidades judiciales” también, pero si alguno calcula la relación entre la inversión y el resultado, verá que hábiles gestores de la cosa pública hemos tenido en el Ministerio, en el Consejo General del Poder Judicial y en las plurales Consejerías de las justicias. Eso por no tratar el asunto de la invención, porque la genialidad de arreglar la justicia con ladrillos y papeles tiene su aquel paradójico. 

Esta mañana todo el juzgado iba en manga corta y eso que teníamos las ventanas abiertas, pero por lo visto los pulmones de los enanos que soplan el aire frio no daban para más. Y habrá que dar gracias a que solo nos toman por gilipollas durante media jornada. Si tuviéramos que estar en el edificio a jornada completa más de uno la habría palmado por el calor, por la caída de algún pedazo de fachada o, por estamparse contra el suelo gracias a los cientos de baldosas que andan sueltas en las escaleras.

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