22 septiembre 2012

Los Viernes negroides en Justicia.


El pasado jueves una cuadrilla de sindicalistas – habría que escribir también sindicalistos, por lo del género, pero no me atrevo- atravesó el pasillo de mí juzgado al grito de ¡compañero, no te olvides de lo mañana!: de negro disfrazado y a las puertas de la Ciudad de la Justicia. 

Y uno, que es limitadito recordó algo que leyó hace tiempo. Año 1936. En Madrid, la huelga de la construcción iniciada antes del 18 de julio por los anarquistas de Cipriano Mera se extiende hasta septiembre; en Barcelona, un Comité de subalternos y bedeles depura a los Catedráticos (hablamos del profesorado de los años treinta y no de las estupendas ochenta y dos Universidades que pagamos hoy); en cualquier pequeña empresa colectivizada, donde antes bastaba un hombre, ahora hay siete, diez o veinte, que pierden el tiempo en discusiones, interminables. Azaña escribe: “La economía no está dirigida, sino secuestrada por los Sindicatos. Ellos han ayudado a Franco más que Italia y Alemania juntas”. 

Algunas unidades milicianas que guarnecen el foso del Manzanares deciden que la jornada militar no debe exceder de ocho horas. Fracasos parciales y una represión implacable de la autoridad militar son consecuencia de tal insensatez. Una unidad debía relevar a otra de anarquistas a las dos de la madrugada, pero estos, reunidos en asamblea, habían decidido abandonar sus posiciones a las doce. Cuando llegó el relevó fueron masacrados por los nacionales, que habían ocupado la posición en cuanto se dieron cuenta del abandono. Dieciocho bajas. 

Vayan de blanco el viernes, no hay diferencia entre los que nos quitan el sueldo en el BOE y los que pretenden que protestemos por ello disfrazados de negro.

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