11 julio 2011

Por qué no baja el precio de la vivienda ejecutando hipotecas (ni echándole la culpa los “banqueros”).

Bajo la Ley del Péndulo, a la que tan acostumbrados estamos los españoles, lo que hace años significaba riqueza, hoy es sinónimo de maldad y bajo otra Ley tan española como la del Péndulo, la del Cabeza de Turco, son los bancos y banqueros los que parecen caer en su ámbito de aplicación, con guiños a esa masa de indignados que nadie conoce, pero que hacen mucho bulto en las estadísticas electorales.

La crisis española no comenzó en Estados Unidos y los banqueros son tan responsables en el asunto como todos los demás. Y ahora me explico, porque no veo la televisión, ni leo los periódicos salmones, que creo que suelen decir otras cosas (hoy, porque mañana se puede decir todo lo contrario sin modificar el rictus). El problema norteamericano fue crediticio, el español, ha sido y es productivo; en el primero se prestó dinero sin garantías o falseándolas, en nuestro caso la garantía la daban Notarios y Registradores de la Propiedad, pero se prestó dinero con idéntico desorden al del otro lado del Atlántico, porque a corto plazo no había forma de recolocar tanto empleo y, menos con la formación del ramo. Como luego hemos visto, la reconversión de obreros de fachada en ingenieros de esos molinillos que nos colocan en todas las carreteras no es tarea fácil, lo diga la Ley de Economía Sostenible o sus voceros.

El segundo problema, estrictamente nacional, fue la reacción ante el llamado pinchazo: el Gobierno nos puso enormes carteles del PLAN E en los arreglos de las calles, el levantamiento de plazas y la puesta de macetas, inyectando dinero en un sector que ya no existía, mientras permitía que cualquier Comunidad Autónoma – siguiendo a la Catalana- terminara de gastar lo que no tenía. ¿Había límites presupuestarios o “techos de gasto” con le dicen los modernos?. Busquen en la red y quizá se llevan alguna sorpresa.

Y vamos ahora con los bancos, que se han puesto de moda por la colectividad que se reúne en las plazas públicas bajo el rotulo de “indignados”. Los Bancos y las Cajas prestaron 100 con una garantía que tasaron por 100 (el piso de 90 metros y tres habitaciones) y ahora que en el mercado el piso vale 50, hay 50 de pérdida en menos de tres años. Y esos 50 de pérdida no han salido todavía de los balances contables, porque solo podrá salir si se retasa todo el parque inmobiliario, con los estupendos efectos que puede tener para el crédito. Aunque aquí hay un factor añadido: los españoles, de momento, pagamos la hipoteca de la vivienda familiar.

Así que los Bancos y las Cajas se han metido como acreedores en todos los procesos concursales y en las ejecuciones hipotecarias a ver si la cosa mejora – cosa que dudo sino hay crédito, sigue aumentando el paro y se suben los impuestos- y entre concurso y concurso e hipoteca e hipoteca llevamos tres años tirando con la pólvora del Rey en los Juzgados. Y haciendo cosas extrañísimas: adjudicaciones por el 65%, por el 50%, por el 70% de los valores de tasación, cesiones de remate a empresas que tienen el domicilio social a la vuelta de la esquina del de la Caja ejecutante, cesiones de remate a inmobiliarias participadas, y un pequeño etc. Ni que decir tiene que la reforma del Real Decreto Ley 8/2011 es lo más sencillo para abrir telediarios: se tocan tres artículos de la ejecución hipotecaria, se sube el tope de la adjudicación al 60% y le digo a la gente que se queda sin el piso, con parte de la deuda que le perseguirá de por vida, pero que no se preocupe, porque no se sentirá “despojado” (añado “despojada”).

La conclusión es la lógica del proceso: el precio de la vivienda no ha bajado; se ha transformado el objeto de la ejecución hipotecaria –no se ejecuta la garantía real por el préstamo impagado, sino que se recolocan en los balances los pisos de 90 metros- y ahora vamos a por otro culpable (la Ley del Cabeza de Turco que antes cité): el banquero.

Y ¿qué es un banquero?: en un país occidental cualquier persona que tenga unos ahorros por el que reciba interés. Así que andémonos con ojo, el Ministerio de la Vivienda y otras genialidades por el estilo, tienen solución; otras cosas, no.

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